El Padrino

AguinaldoA pesar de ser yo un niño, recuerdo perfectamente lo que significaba tener padrino, bueno en mi caso era no tenerlo, puesto que el mío había abandonado el pueblo en busca de fortuna, poco tiempo después de haberme llevado a la pila bautismal

Crecí viendo cómo la mayoría de los niños, presumían en mayor o menor medida de sus padrinos, mientras yo no sabía siquiera qué habría sido de aquel hombre que andaba por sabe Dios qué mundos y que nunca había regresado al pueblo.

Y mientras todos recibían el día de Reyes, regalos tan sencillos como caramelos, bollos preñaos, collares de higos secos, lazos y vestidos para las niñas, yo debía conformarme con lo que mis hermanos compartían conmigo cuando recibían con tanta ilusión el llamado “Aguinaldo”.

“Mañana yía’l día de reis.
Primeira fiesta del añu.
Eiquí venimos siñores
a que nus dé l’aguinaldu.
Nun venimos pur castañas
nin tocino qu’está caru.
Vinimos pur divertirnus
primeira fiesta del añu.”

Pero un día ajenos a todo esto, llegó al pueblo ante el asombro de todos, un coche grande de color negro conducido por un hombre elegante, muy repeinado y con bigote arreglado. LLevaba un traje a medida, con una fina raya, y un sombrero. Más parecía un hombre importante de ciudad que un nacido en el propio pueblo.

La gente mayor se arremolinaba junto a él para saludarlo y los niños correteábamos junto a su coche asombrados porque pocos coches así habíamos visto por aquel entonces.

!Quién te ha visto y quién te ve, Miguel!, ! Alégrome de verte!, le decía la gente a su paso y él iba saludando alegremente a todo el mundo.

La noticia de su llegada corrió como la pólvora por todo el pueblo, y cuando yo llegué a mi casa, ya sabían de su llegada y del revuelo que se había formado. Entonces descubrí que aquel tal Miguel era mi padrino que había vuelto de probar fortuna. Y ese mismo día Miguel llegó a mi casa, saludó a mi familia y me buscó con la mirada entre mis hermanos.

– Tú debes de ser David, me preguntó, a lo que yo respondí afirmativamente.
– Ven conmigo, tengo algo para ti.

Y nos acercamos a su coche, abrió su maletero y de allí sacó una caja de cartón y una bolsa y me dijo con una gran sonrisa, esto es para ti.

Yo abrí aquella caja con muchos nervios. Nunca nadie me había regalado nada antes y aquel gran desconocido se había acordado de mí después de tantos años de ausencia.

En su interior había un par de zapatos que brillaban. Nunca había visto unos zapatos así. Eran preciosos y a todos encantaron. La bolsa estaba llena de naranjas que pude repartir con mis hermanos, como también ellos hacían siempre conmigo con sus aguinaldos.

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