La mujer cabreiresa

Transcripción de la intervención de Teodora Barrio González en el Serano Cultural del día 11 de Julio de 2015, en Nogar, Día de la Fiesta de Cabreira

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Fotografía: Piedad Isla

– Y por último, me tocó a mí…

Mientras intervenían mis compañeros me he estado preguntando qué demonios pinto yo en esta carpa, cuando la mayoría de vosotras tenéis más vivencias y más “todo” que contar que yo.

A más de uno se os ve en la cara una pequeña decepción porque no encontró el serano que esperaba…

Pues veréis, hoy sudan mucho las manos pa que corra ´l filo.

Aunque en vez de invierno sea verano, y en lugar de ir llegando a la cocina con un brazadín de saroyos, la rueca, las guyas de tecer y un¡Cristó que frieu fa güei, nun se para!, hayamos venido vestidos de fiesta y con el cuerpo rixíu d´augua, tenemos algo en común con aquellos seranos. Serano significa reunión y hoy aquí estamos reunidos aunque sea en una carpa.

Es la edición XIX de la Fiesta de Cabrera , y se ha puesto mucho empeño en ensalzar lo nuestro, por tanto no podía faltar una mención especial a la mujer cabreiresa; no a la mujer cabreiresa de hoy, me refiero a la mujer cabreiresa del Siglo XX, del XIX, del XVIII y que pasó desapercibida siendo la fuerza y el motor de la vida de esta tierra.

Ya sé que todos nacemos de la misma manera ( hombres y mujeres ) pero aquí, como en otras culturas a los pocos días de nacer se marcaba la diferencia entre niños y niñas.

Mientras la madre amamantaba a la niña, se aprovechaba para ponerle las barillas. Imaginar la escena: la ñiña agarrada a la teta y la cómplice, que podía ser la tía, la abuela… con una aguja, a veces hasta ferruxa, en una mano, y un cacho de pataca en la otra, colocándola detrás de la oreja de la cría disimuladamente …un berríu , un “ya está” y buraco feitu.

¿Para que no se infectara? El desinfectante por excelencia: saliva de madre, remedio que servía para todo: quitaba legañas, limpiaba barro, curaba rasponazos…

A mi abuela, le oí decir muchas veces que “las ureyas d´una muyier sin pendientes, son cumu las ureyas d´un burro”. Por supuesto, yo no me libré de este trance y aquí estoy con mis pendientes y sé quién, cuándo, dónde y hasta cómo consiguieron que dejara de llorar.

Aproximadamente un año después, más o menos hasta que se daban los primeros pasos, niños y niñas permanecían envueltos en el mantiello y atados con el uriello. No penséis que era venganza por las noches sin dormir, sencillamente así se podían manejar mejor.

Una vez que empezaban a andar, tanto niños como niñas vestían del mismo modo: un vestidito de lana y ¡Qué monos estaban ellos! Pero al poco tiempo, cuando comenzaban a coger soltura (yo no he entendido nunca por qué), la niña seguía con su vestidito y al niño se le ponía el pantalón de tirantes con una abertura entre las piernas casi de cintura a cintura.

Creo que era aquí donde el hombre cabreirés perdía el pudor para siempre jamás.

Luego, comenzaba la “época de los mandaus”, “mira hermosina vay y diyi a gulica que…”, “mira hermosina, cuey ´l xarro y traime una gutina d´augua… y ten cuidau”… ¿Cuidado de qué? … Al rato volvía la niña sollozando “¡Ah recundanada! ¿Escachéstelu? ” y la madre la consolaba con un muxicon nun llau de la cara y un “Pa qu´aprendas y chores pur algo. ¿Nun te dixe qu´andubieras cun cuidáu? Sei que mirabas pal ojo ´l sol”.

Hasta, más o menos los años 40 del pasado siglo, las niñas no iban a la escuela. ¿ Para qué aprender a leer y escribir si no iban al Servicio? Y menos saber “las cuatro reglas” cuando tenían dedos para contar. Ellas estaban para seguir “faciendu mandáus”, para “dir pal monte” y para “agarrar” otros niños más pequeños. Daba igual que fueran de casa (los hermanos menores) o de “afuera” para que la madre pudiera realizar las labores cotidianas.

Ahora para realizar este trabajo hay que estudiar educación infantil, ¡ahí es nada!

La muyier y la zreisal ´n un año sal”.

Este refrán da por terminada la etapa de la niñez para dar paso a otra bastante traumática.

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Fotografía: Pozuel

Para muchas preadolescentes cabreiresas (especialmente donde había muchos hermanos) llegaba el momento de “dir a servir”,  lo más habitual a cualquier pueblo de Cabreira a guardar ganáu, es decir, de pastora. La soldada se ajustaba por año: comida, ropa ¡Cuitadicas! Y un puñadín de riales que no llegaban a ver porque pasaban directamente a manos de los padres.

¿La jornada laboral? De estrella a estrella, sin fines de semana, sin vacaciones, sin liquidación… veo en algunas caras un “como ahora” pues no, aunque estamos mal, aquello era mucho peor. No hay comparación posible.

Esta etapa solía coincidir con “facese muyier” y esto sí que causaba un serio problema. “¡Vaya pur Dios que pronto te chigou la desgracia!” Frase recurrente y zanjado el tema. Nunca más se volvía a hablar de ello.

Yo he escuchado contar vivencias “de esos días” espeluznantes. Sin un remedio que aliviara el dolor… ni siquiera ropa interior y los trabajos y los días no se detenían por ello.

Eso sí , “´n esus días del mes” había tareas que estaban prohibidas para una mujer: amasar, enzorzar, lavarse la cabeza… ¡Y a ver quién era la valiente que se arriesgaba!

A mi me quedó grabada una historia que me contó mi abuela de una moza que cruzó el río “´n esus días” y se puso trastornada. ¡Cómo para lavarse estaba la cosa!

La única etapa que recuerdan con alegría, y que al contarla le brillan los ojos, son los pocos años de mocedad, el tonteo, “el pedir palabra” el disimular que había alguien detrás, las fiestas, los seranos, los xogosXogos que si se practicaran en nuestros días serían denunciados como abusos sexuales pero que durante muchísimos años formaron parte de la normalidad de aquella vida infinitamente dura.

Ayer oí un comentario muy significativo a una señora muy mayor “antías había que tener cuidáu pa que nun te sacaran las tetas y ora nun fa falta, enséñanlas ellas sin que naide yi las saque”.

Las fiestas (aquellas mujeres no perdían el tiempo frente al espejo pensando que ponerse: lo de siempre), lus beilles: sueltos y agarráus.

Fue en el Siglo XX cuando se empezó a bailar en pareja. Había unas reglas que todos los que tenemos alrededor de los 50 años, aun tuvimos que cumplir.

Normalmente empezaban a bailar dos mozas juntas, enseguida se acercaban dos mozos a “cortarlas”, es decir, a separarlas preguntando: ¿Se puede? o ¿Queredes beillar cun ñusoutrus?

La respuesta siempre afirmativa aunque no los pudieran ver ni en pintura. ¡Pobres de las que tuvieran el coraje de negarse! Eran criticadas y en casos extremos, dadas de lado.

Baile en La Cuesta. Fotografía: Teresa Lobo

Baile en La Cuesta. Fotografía: Teresa Lobo

Luego se daban dos situaciones: Cuando estabas bailando con un gafón ( pesado en castellano ) y pasaban los minutos… y mirabas alrededor con ojos suplicantes pidiendo que alguno se acercara porque aquello se hacía eterno, por allí no aparecía nadie.

Sin embargo cuando estabas bailando con alguien que te gustaba, luego aparecía alguno, que no tenía porque caerte mal con la preguntita de ¿Me la dejas? o ¿Me la prestas? ¡Pero se lo preguntaban a él, a tu compañero de baile no a ti, como si nosotras fuéramos mudas… y en realidad lo éramos porque permanecíamos calladitas aunque mentalmente repitiendo “Qué vuelva, qué vuelva, que vuelva!” y otro rato eterno hasta que volvía.

Yo estoy empeñada en rescatar todas nuestras tradiciones pero algunas prefiero dejarlas solo como anécdotas.

¿D´onde sos muyier? D´onde ´l home quier. Este refrán sí que marca una realidad del antes y después en la vida de la mujer cabreiresa.

Se supone que una mujer se casa con el hombre que quiere  pues no siempre fue así. A veces el matrimonio era concertado… había una tierra o un prado que firmaban… Por lo general, se casaban más mujeres obligadas que hombres, ellos en ocasiones especiales, ya sabéis, tropezones tontos nun payar.

Eso sí, una mujer casada adquiría un estatus superior frente a la que se quedaba soltera: era más respetada y con la misma edad, a la soltera de algún modo se le menospreciaba, seguiría llamándose María, mientras que la casada iba a ser Tía María: aunque el hombre con el que se casaba fuera un cuitadín, era un hombre.

¡Caro le salía el título!

Es a partir de este momento cuando una mujer tiene que asumir los cambios más drásticos de su vida: debe olvidarse de sí misma porque ya no tiene un solo momento libre por muy casada que esté con el hombre que quiere, ¡ Imaginaros a la pobre que se casó forzada!

Había ciertos trabajos, que durante muchos años solo realizaban los hombres, especialmente los que requerían fuerza física: cavar las viñas, segar la hierba, atar los manoyos  hasta hacer cestos era cosa de ellos.

Durante bastante tiempo, yo insistí para que mi abuelo me enseñara el arte de la cestería, pero su respuesta era siempre la misma: “Cun esas maninas tan tiernas, ¿Onde quieres dir? Esto nun yía trabayo de muyieres”.

¿Y sabéis como tuve que aprender? Con una secuencia de fotos que realicé mientras él tejía uno.

Sin despreciar para nada al hombre cabreirés, era la mujer la que llevaba el peso de la familia, un dato significativo es que cuando tenía la desgracia de quedarse viudo, en seguida volvía a casarse o bien con una hermana de la fallecida (en muchos casos era así), alguien de la familia o cualquier soltera del pueblo y si no salía a buscar alguna en los pueblos de alrededor, y digo buscar, no cortejar como cuando estaba soltero.

Lo importante era solucionar el problema cuanto antes.

Pero era la mujer la que, además de “facer las vueltas”, es decir, realizar las tareas domésticas: lavar, hilar, tejer, ordeñar, remendar, traer agua a casa… realizaba al igual que el hombre los trabajos del campo.

Muchas de vosotras recordaréis como era la vida de una mujer en el mes de julio, por ejemplo, solo recordarlo agota.

Fotografía: Piedad Isla

Fotografía: Piedad Isla

Pasada la siega la hierba, empezaba la del pan… se levantaban al mismo tiempo, al amanecer; él cogía las fouces y algo “pa la parva” y junto a algún hijo mayor en caso de tenerlo, se dirigía a las tierras a segar.

Ella, como era mujer quedaba en casa: encendía el fuego, ponía el pote para que fuera calentando el agua pa facer el caldo, se escapaba un momento a xeixar un huerto, ordeñaba la vaca, atendía los cerdos, “tiraba el ganáu”, atendía al que iba de pastor, …y cuando el sol más quemaba salía en dirección a la faceira con el maniego al hombro, el cazuelo del caldo en un brazo, un ñiño en el otro, dos agarraos de la saya y otro en la barriga rudiáus de moscas.

Y después de segar todo el día, al quitarse el sol volvía a casa a repetir prácticamente todo lo que había hecho por la mañana.

El hombre llegaba al anochecer, se sentaba al fresco a la puerta de casa a descansar porque estaba muuuy cansado (nadie lo dudaba) y cuando por fin escuchaba esa voz apagada de “¿Vienes a cenar u quéi?”, “ Sei que quieres durmir ende” (y apenas perceptible un “esterqueiro”), parecía que a veces hasta le molestaba.

Habría que preguntarse cuantas palabras, ya no digo cariñosas, simplemente amables recibió una mujer cabreiresa en toda su vida.

¡Cuitadas de muyieres d´antias, que nun chigorun a ver nada bueno!

Cuantas veces he oído yo esta frase.

Espero que hayáis pasado un “tantín” agradable. Yo soy cabreiresa y este tema me inspira respeto y mucha ternura pero creí necesario ponerle unas pinceladas de humor.

Muchas gracias por escucharme.

 

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