Segundo y definitivo adiós a José Valle Rodera, histórico enlace de la guerrilla antifranquista

Los familiares y amigos despidieron este fin de semana a este cabreirés de Forna que en su juventud se vio obligado a abandonar el país en busca de una segunda oportunidad tras perder su trabajo y a tres de sus hermanos

José Valle, en su juventud y en sus últimos años. Fotos: Archivo Santiago Macías, "El Monte o la muerte" y ARMH

José Valle, en su juventud y en sus últimos años. Fotos: Archivo Santiago Macías, “El Monte o la muerte” y ARMH

La familia de José Valle Rodera dio este fin de semana su segundo y definitivo adiós a este cabreirés de Forna que en su juventud fue un enlace de la guerrilla antifranquista. Esta segunda despedida tuvo lugar el sábado durante el funeral celebrado en Carucedo, tras fallecer el pasado viernes a sus 92 años. El primer adiós tuvo lugar 53 años antes, en 1962, cuando hastiado de la represión franquista y del miedo tras haber perdido su trabajo y a tres de sus hermanos decidió alejarse de su tierra natal para buscar mayor fortuna a miles de kilómetros, en Bélgica. Y la halló, ya que en este país tuvo la oportunidad que no tuvo en Cabrera y en León, a donde sólo regresaba durante las vacaciones o en periodos más largos a raiz de su jubilación.

Sin embargo, ni el tiempo y ni la distancia le hicieron olvidar ni uno sólo de los recuerdos de su juventud, muchos de ellos marcados con sangre. Con total nitidez y con mucha valentía, cuando otros muchos decidieron guardar silencio, José Valle conversó con los diferentes investigadores que le consultaron para darles su versión de los hechos, unos acontecimientos que vivió en primera persona en los difíciles y peligrosos años en los que la guerrilla antifranquista se desarrolló en las montañas de Cabrera. Sus declaraciones, junto con las de unos pocos más que han dado su testimonio, constituyen un documento de gran relevancia para tratar de entender los años anteriores y posteriores a la Guerra Civil en Cabrera. El libro ‘La Agonía del León’, de Carlos González Reigosa, recoge una amplia entrevista en la que Valle deja constancia del “infierno” que fueron los “quince años que duró la Guerra Civil en La Cabrera”. “Aquello era terrible. Unos por una parte, otros por otra. La Cabrera fue un desastre”, rememoraba para el autor.

Con todo detalle, Valle narra como aprendió a leer en Losadilla, de mano del maestro don Juan Álvarez que “lo asesinaron, sólo porque había votado a las izquierdas” y a otros dos más en Forna, “en un mismo día, uno porque no iba a misa, y a otro, porque se había negado a pagarle la renta de unas tierras al cura, que las administraba en nombre de unas familias que habían emigrado a América”. Cuenta que iban desde Forna a Losadilla donde pasaban el día “muertos de frío, con un trozo de pan de centeno y, si había, un poco de tocino”. También de la llegada a Forna de un maestro joven de Bembibre, en tiempos de la República, que “a la luz de candiles de carburo” y “en tres temporadas que estuvo allí, enseñó a leer hasta a los viejos”. Pero tras las elecciones de 1936, este maestro comunista corrió la misma suerte que el de Losadilla.

La pérdida de tres hermanos

José Valle cuenta en dicha entrevista cómo se enteraron en Forna del estallido de la Guerra Civil. Fue gracias a su hermanastro Santiago que trabajaba “en las minas”. “A los pocos días de comenzar la guerra (que nadie sabía que había guerra, porque allí vivíamos como los animales) llegó éste a casa y dijo: ‘Ha estallado la guerra'”. Su hermano y un amigo que había venido con él “empezaron a hablar de la revolución y de esas cosas” y “se quedaron en Forna todo el verano y trabajaron como los demás”. Pero en septiembre “se presentaron los falangistas de Benuza, Lomba, Silván y Sigüeya, que eran todos íntimos amigos de mi padre y cercaron la casa”. Al amigo de su hermano lo encontraron cerca de la casa y “lo fusilaron en Puente de Domingo Flórez” y Santiago “tuvo que hacer vida de topo: esconderse”. En ese momento comenzó el papel de enlace de José Valle, ya que “le llevaba a los montes la comida y lo que hacía falta” a su hermano. En ese año apareció Girón por Cabrera y, según Valle, “en el pueblo sólo se escondía si había algún extraño”. Su hermanastro trató de huir a Portugal, pero fue descubierto y fusilado junto a otras diez personas.

El segundo hermanastro de José, Domingo, fue llamado a filas a los 18 años y estuvo en el frente de Madrid. Según su testimonio, Domingo “se había pasado a la zona roja y logró escapar para unirse a Girón, que ya andaba por La Cabrera con su cuadrilla”. José narra que en 1940 una patrulla cercó a su hermano y a otros tres en Lomba y su hermano resultó herido. Después “lo torturaron durante tres días, hasta que murió”.

Después de hacer el servicio militar, volvió a Forna. “Las fuerzas molestaban a otras gentes por allí, las torturaban y les hacían todas las perrerías del mundo, pero a nosotros nunca nos llamaron la atención para nada”, aseguraba Valle. Sin embargo, un año después de la muerte de Girón, “cuando ya no quedaba nadie”, explica, “vinieron a buscarme a Carucedo, porque ya no estaba en Forna”. En vez de acudir él, acudió su hermano, que estaba soltero, y le entregó al sargento Ferreras, jefe de la brigadilla, una caja con munición que le había dejado Girón. “Lo llevaron al cuartel y allí le hicieron lo que quisieron. Lo llevaron a León. Estuvo año y medio preso. Luego, lo sacaron para el destacamento de Mora de Luna, a trabajar. Allí estuve yo con él dos meses. Y de allí vino enfermo, y ya murió, a causa de todas aquellas cosas”.

Valle no se explicaba porqué “una vez terminada la guerra” no se hizo “una amnistía como han hecho otras naciones, y todo el mundo a trabajar y a vivir. Pero, no, ¡había que seguir matando! Y mucha culpa de eso la tuvieron los curas, porque no sabían más que incitar e incitar…”. Tampoco entendió que su padre “toda la vida fue el sacristán, y sin embargo, le mataron a los hijos y no fue capaz de decirle a un señor de esos que eran los que ordenaban: ‘hagan algo por mis hijos’ “. Aunque en la larga entrevista reconoce que hay curas de diferentes tipos.

“Siempre vigilándome”

Una vez acabada la guerrilla, Valle trabajó de carpintero en las presas de Peñarrubia y Ribadelago, pero “siempre con el punto de mira encima de mí, vigilándome”. “Hubo muchos que me avisaron… como el jefe de equipos… me dijo: te aviso porque eres un hombre trabajador, no te metas con nadie, ten mucho cuidado y no te muevas en nada, porque si te mueves, a ti te expulsan de aquí o incluso te llevan a la cárcel’. Y así pasó con otros”, recordaba José Valle.

Del “infierno de aquellos años” en Cabrera, Valle recuerda que “a la Guardia Civil teníamos que darle leña, darle carne, llevarle una oveja o un carnero o lo que tuvieras”, por orden del presidente. “Y luego, cuando los del monte daban un golpe, iban al día siguiente, cogían a los infelices del pueblo y ¡palo que te crió!. Los otros también, yo digo la verdad, Girón también daba leña, al que se metía con él, lo cogía y lo machacaba”.

En la extensa entrevista con Carlos González habla del abandono que sufrió Cabrera durante “tantísimos años”, “¡ni vías de comunicación, ni teléfono, ni luz, ni nada!”. “Allí iban gobernadores y empezaban a echar mítines” con palabras de ayuda para Cabrera, “pero lo que iban a hacer era comer corderos, que les regalaba el alcalde u otro señor, y allí nunca hicieron nada”. Y recordaba que la carretera de Castrocontrigo a Truchas “la hizo un batallón de trabajadores prisioneros de la guerra, y desde Truchas a Quintanilla de Losada tardó veinte años en bajar”.

En el encuentro con el autor del libro desvela desavenencias vecinales, pero también una gran humanidad, hasta el punto de que en el mismo pueblo convivían familiares de izquierda con somatenes -paramilitares- de derecha, y que juntos iban a cazar con Girón. En cierta ocasión, el líder de la guerrilla quiso quitarles las escopetas a los somatenes, pero “nosotros nos negamos, le dijimos ‘aquí no se molesta a nadie’. Al cura también lo quiso matar, pero le dijimos lo mismo. ‘Aquí no se mata a nadie, aquí tenemos que vivir unos con otros’. Nosotros protegíamos a los somatenes y los somatenes nos protegían a nosotros: teníamos que convivir unos con otros”.

En 1962, Valle se quedó sin trabajo y decidió emigrar a Bélgica donde “todo fue a mejor” y tras 23 años se jubiló. Con el paso de los años, José Valle reflexionaba que “hoy la juventud ya no recuerda aquello” y destacaba que “se han casado nietos de unos con nietos de otros”, en alusión a falangistas y represaliados. Pero comprendía las explicaciones que le daban estos mismos jóvenes: “¿qué cuenta tenemos nosotros en todo aquello?”. “Y tienen razón”, concluía Valle. “Así es la vida, pero, ¡qué aquello no vuelva a pasar más, nunca más”, sentenció.

 

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