Un niño pobre…

ventana-juanmaPero… ¡cómo me iba a sentir un niño pobre!

Si en mi casa teníamos de todo: un fuego en el llar que nos calentaba, tres cuartos para dormir… mi hermano y yo compartíamos catre, dejando uno solo para mi hermana por ser ya mujer; nuestro rebaño de cabras y ovejas, ni era de los mayores ni de los menores; de las fincas no nos podíamos quejar, ya que nos daban patatas para el año… y de los carros de pan que cogíamos siempre les vi orgullosos a mis padres; de los prados, a día de hoy no sabría decir… pero para la yerba de las cuatro vacas en invierno, creo que nunca faltó; el agua, es verdad que para regar teníamos que ir por turnos, y a veces de noche, pero la montaña manaba en abundancia… quitando un par de años que pensaba que el mundo se había secado.

Además, ¡cómo me iba a considerar un niño pobre!, si cuando entraba a la casa de mis primos, de mis amigos o vecinos, en todas había utensilios y carencia de lujos parecidos… y ya no digamos el carro, el arado, el trillo, ninguno sobrepasaba al otro en apariencia; tal vez alguna costana y ruedas pintadas con más gracia, pero aparte de eso… se veía claramente que habían salido de la mano del mismo artesano.

Y además, ¡cómo me iba a ver como un niño pobre!, si tanto en mi pueblo como en el resto de la Cabrera, enseguida comprendí que nadie tenia patrón… todos los paisanos estaban por un igual: se organizaban a su buen entender en lo que es el llevar la vida para delante… muchas fueron las veces que escuche en la mesa cómo padre y madre tomaban decisiones importantes conjuntamente, aunque es verdad que a veces de poco servían, ya que en más de una ocasión terminaban por hacer lo que el resto del pueblo.

Y, si hubo ocasiones en que no me sentí un niño pobre, seguro que esas fueron los días de fiesta, días de camisa blanca llenos de ilusión… misa de tres curas y repicar de campanas mientras la procesión, tardes de gaiteros y regar la plaza para que el baile no levantase el polvo…

Ya contaba yo con doce años la primera vez que me llevaron a León, para cosa de médicos con especialidad… al terminar la visita al galeno, con mis padres fuimos a una casa de comidas, un lugar que a mí me pareció lustroso; nos acabábamos de sentar y aún sin pedir de comer, enseguida me percaté de la forma de mirarnos que tenían los de la mesa de al lado. Mis padres que eran gentes sencillas y de buen trato, ¡cómo no iban a responder con amable conversación!, e incluso dar detalles de nuestra feliz vida con los ganados en Cabrera… fue oír “Cabrera”, y aquellos cuatro pasaron a mirarnos como perdonándonos la vida… no sé si fue sin querer o deliberadamente, pero en aquel mismo momento me estaban dando el título de pobre… no recuerdo si comí, solo tenía ganas de huir de allí, de aquella capital y la madre que la parió.

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