Una teja para San Roque

Nuevo relato de Juan Manuel Martínez Román para la sección literaria del Seranu de EL CABREIRÉS

Ermita de San Roque

Como cada año por el mes de abril, Abelardo se preparaba una ligera valija, en la cual, aparte de un poco de ropa y una manta también incluía una teja; una vez aviado y sin volver la mirada, partía, y por unos días se ausentaba del hogar… Nadie en su casa le preguntaba nada: ni su mujer, ni tampoco ninguna de sus tres hijas… Ya se lo había dejado bien claro a la que era su novia, antes de ser esposa al termino de la guerra civil:

Durante la contienda he hecho una gran amistad con alguien a raíz de salvarme la vida, y aparte de mi vida, pienso que también evitó que muriesen muchos más… Por lo tanto, todos los años por estas fechas pediré permiso en el trabajo, y si me lo conceden, iré a encontrarme con mi amigo… pues a aparte de parecerme lo correcto, pienso que se lo debo.

Durante muchos años la historia se repitió al milímetro: llegando el primer viernes de abril, cogía el coche de línea que le llevaba desde su Busot a Alicante, y allí se subía a un tren con destino a León haciendo trasbordo en Madrid; cuando llegaba a la estación de León, se montaba en otro autocar de linea que le acercaba hasta su destino, un pueblecito del suroeste de la provincia de León… A los cinco días regresaba haciendo uso de los mismos medios de transporte; aparecía llamando en la puerta, y sin preguntas de su compañera, la vida continuaba con normalidad hasta la próxima primavera.

Los años fueron pasando por aquella pareja, sin más problemas que los normales que da la vida entre el trabajo el ocio y el amor… solamente cuando las tres niñas alcanzaron el uso de razón, éstas, llegaron un día en que se cuestionaron la ausencia “primaveral” que su querido padre emprendía cada año. En una ocasión, ya con la mocedad alcanzada, aprovecharon que el padre no estaba presente para someter a un cariñoso interrogatorio a la madre… que más que buscar respuestas, la idea pretendía la defensa y abrir los ojos de aquella mujer ante los posibles pecados que escondían los viajes del marido.

La mujer siempre se había mostrado con ellas como la más pacifica y amable de las madres, pero ese día le sacaron de sus casillas y, les levanto la voz como nunca lo había hecho:

¡Estáis diciendo cosas infundadas!, ni a vosotras ni a mi nos ha faltado nunca el cariño y los cuidados de vuestro padre… ¡No tenéis la menor idea de lo que supuso aquella guerra para el alma, el cuerpo y la mente de los que la sufrimos… y más aún, para los que como vuestro padre, lucharon en ella!. ¡Cómo podéis llegar a pensar de vuestro padre, que todos esos viajes se deben a la visita a otra mujer!, y si así fuese, o incluso tuviese un hijo en su secreto… ya os he dicho que las guerras ponen al ser humano en los limites, tanto para el bien como para el mal… Así que no quiero volver a oír ni una palabra más de esto; hemos sido una familia feliz hasta ahora y, lo podemos seguir siendo!.

Desde aquel día nunca más, por lo menos en presencia de la madre, aquellas tres jóvenes volverían a hacer insinuaciones acerca del honor de su padre… Mientras, aquel hombre, que siempre vivió ajeno a las controversias y malos roces que habían surgido por su causa entre madre e hijas, continuo haciendo su feliz viaje en solitario: ni nadie le pidió acompañarle, ni él pidió nunca compañía.

Ya casi llegaba a ochentón el año que empezó a sentirse falto de fuerzas; así que, un día mando sentar a su lado al nieto menor, y con el ritual semejante al que va ha ceder un gran legado, le pidió a su joven descendiente si le sería posible conducir para él durante unos días… El nieto, sin dejarle continuar y sin pregunta alguna, pues percibió el esfuerzo que estaba haciendo su abuelo en la demanda, enseguida le contesto con una afirmación.

A los pocos días se pusieron en marcha; antes, como cada año a la hora de preparar la maleta, tuvo en cuenta lo que refrescan las noches leonesas, y agrego un buen saco de dormir…; y por supuesto, que en esta ocasión tampoco se olvidaría el añadir una teja.

Aquel viaje, tanto para uno como para el otro, estaba siendo algo más que trasladarse juntos cruzando España, era un verdadero encuentro entre abuelo y nieto…

Cuando empezó a amanecer ya llevaban recorridos más de ciento cincuenta kilómetros, y aunque el abuelo viajaba absorto en la contemplación del paisaje, el joven pensó que tal vez ya estaba bien de tanto Marc Bolan, y retirando la cassette, animó a su abuelo a charlar de algo…

El abuelo se sintió aliviado, aparte de por librarse de los gritos del peludo cantante, en ese silencio veía la oportunidad para iniciar la narración, y hacerle entender al joven el sentido que durante años había tenido el viaje que una vez más estaba llevando a cabo. El chico, como buen amigo de su abuelo nunca le pidió explicaciones, y esta vez así sería; si el abuelo se prestaba a explayarse, él lo escucharía sin interpelación alguna.

…es sorprendente la maquinaria agrícola de hoy en día, en estos campos, que… .Mira, hijo, como no veo por donde empezar…, así que comenzare por el principio: Javier… aunque tú no lo sepas, yo era un aviador militar cuando en España teníamos como régimen una república, la Segunda. En 1936 hubo una rebelión militar en la que no intervino parte del ejercito… aquello terminaría en un golpe de Estado; pues bien… cuando ciertos militares dieron el golpe de Estado, aunque yo era de ideas republicanas, tuve la puta suerte de que la Base a la que yo pertenecía, desde el primer momento fue tomada por los golpistas… Tu pensaras, que por qué no huí al otro bando… no sé, las circunstancias… la disciplina castrense… yo era un joven y tierno oficial… el miedo! .

Un día, al levantarnos nos tenían guardada una sorpresa; nos dijeron que una escuadrilla de ocho aviones, partiría con dirección norte para una ofensiva… con destino a comunicar en vuelo. Yo, sin ser creyente rezaba para que no fuese uno de los pilotos elegidos… de poco me valieron los rezos. Partimos con la orden de volar haciendo cambios en zig zag , y no pasar por encima de grandes poblaciones… Cuando ya sobrevolábamos la provincia de León, el oficial al mando de la escuadrilla nos diría por radio el sitio de “descarga”: Asturias ; para dar el punto exacto, se limito a decir: se les comunicara.

Cuando nos disponíamos a sobrevolar la cadena montañosa que separa León de Asturias, aunque la previsión meteorológica era la idónea, las condiciones de aquel cielo dieron un vuelco… Se nos presento una tormenta de granizo, donde el trozo de hielo más pequeño era del tamaño de un huevo. Al tener que restablecer la altura y dirección de vuelo para evitar el ir de cabeza a la boca del lobo, aprovechando el evidente desconcierto, ahí fue donde me vino a la cabeza el dejar la escuadrilla. Y así lo hice; abandonando la formación, me tire casi en picado para seguir en vuelo rasante, y en esa altura coger dirección sur-suroeste.

En el momento que ya me sentí seguro, localice un lugar llano en el que se alargaba una recta de una carretera de tierra, era perfecto, era lo suficientemente larga como para servirme de pista de aterrizaje. Una vez en tierra, continué unos metros por aquella carretera con el avión, hasta ver un camino forestal… allí sería donde deje el aparato, medio oculto por unos robles. Solo pensé en recoger mi mochila y, ponerme a correr. Había divisado desde el aire lo que bien podría ser el edificio de una casa de labranza, ademas con la suerte de que estaba situada un tanto aislada del pueblo… corrí hacía ella. Antes de acercarme pude ver a las claras que no era casa, se trataba de una pequeña iglesia… para entrar, deslicé unas losas del tejado, y aquel sería mi refugio durante unos días. Años más tarde sabría, que si nadie me buscó allí fue por estar cerrada al culto, ya que raramente se abría… una vez al año para festejar el santo en romería .

¡Mira!, aquí mismo comienza Cabrera… que diferente a nuestra tierra, ¡eh!; estos bosques… robles, pinos, chopos, alisos… los prados, y la viveza del río…¡cuanta vida!.

…¿Vas comprendiendo, Javier?, cómo te imaginas que yo, el más descreído de los ateos, le iba a contar a tu abuela, que un santo de un pueblin de León me había iluminado para aterrizar en el sitio correcto… y es más, como demostrar que me llegó lo que el santo sabía de sobra: que lo último que yo pretendía, era el ir a otras tierras de España a quitar vidas con mi avión… ¿Cómo explicar en Busot y que me entiendan, que yo le estaré agradecido de por vida a este Roque?, …y que le llevaré mil tejas y las que hagan falta. Todo esto que te vengo contando, en su día no tuve el valor de decirlo, ni en casa ni en el pueblo… y los años fueron galopando como caballos; así que viendo que, si todavía no lo había hecho… para explicaciones ya era tarde.

¡Ve despacio!, ahí… gira donde dice, Valdavido.

Aquella sería la última vez, que Abelardo entregaría una teja a su San Roque.
Al año siguiente, fue su nieto el que se presto a tal menester; aunque esta vez la teja, solo sería un complemento. El fin principal del viaje era llevar a cabo el último deseo de su abuelo, ahora metido ya como ceniza en una cajina…

¡Hola…, buenos días !, disculpe, es usted de por aquí? .
– Si…, de un pueblo que esta aquí al pie… de Valdavido.
– Y, nunca les llamó la atención… nunca vieron a un señor durmiendo en el pórtico de la ermita?
– ¡Cada año!, ahí pasaba un par de días el hombre… abrigao con unas mantas… parecía buena persona, él no se metía con nadie… No sé si sería un vagabundo… nunca pidió dinero. Eso si… fue un caso curioso, al marchar siempre dejaba una teja; y bueno… aunque esta es tierra de pizarra, siempre las fuimos aprovechando pal cumbral de la ermita…
¡Marcho!, que me van las vacas pa la carretera… 
– ¿Cómo se llama usted?.
– ¿Yo?, ¡Arturo!

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